La Noche en que los Relojes Retrocedieron
El jardín de los Miller huele a canela y a hojas quemadas, esa mezcla que solo existe en octubre, cuando el calor del día se rinde ante el frío que baja de las montañas de Rovengard. Hileras de luces amarillas cuelgan entre los árboles como si alguien hubiera atrapado un puñado de luciérnagas y las hubiera dejado ahí, colgando, para siempre. Hay calabazas talladas sobre las mesas de madera, velas dentro de frascos de vidrio, mantas de lana dobladas sobre las sillas del patio por si alguien tiene frío. La señora Miller siempre organiza esta fiesta al final de septiembre, como una despedida tácita del verano, y medio vecindario acude sin falta, con sus termos de sidra caliente y sus risas fáciles.
Kylie está sentada sobre la barandilla de madera del porche trasero, con una taza entre las manos que ya perdió el calor hace rato. Lleva un suéter grueso color mostaza que Ainoa le regaló el año pasado, y el cabello recogido en una trenza floja que se está deshaciendo poco a poco por el viento suave de la noche. Observa a la gente moverse entre las luces: los adultos conversando cerca de la mesa de bocadillos, los niños correteando entre las piernas de sus padres, alguien riendo…
