La sala de espera
El teléfono sonó a las 3:47 de la madrugada.
Recuerdo la hora exacta porque me quedé mirando los números rojos del despertador durante lo que me pareció una eternidad, como si negarme a contestar pudiera detener lo que fuera que viniese después. El sonido rasgaba la oscuridad de mi cuarto con una insistencia que no admitía treguas, un chillido metálico que rebotaba contra las paredes y se metía debajo de mi piel.
Nadie llama a esas horas para dar buenas noticias. Eso lo aprendí esa noche, de golpe, como se aprenden las cosas que después ya no se pueden desaprender.
—¿Diga? —mi voz salió quebrada, todavía enredada en los restos de un sueño que no lograba recordar.
—¿Abril? —Era Kiri. Su voz temblaba de una manera que jamás le había escuchado, ni siquiera cuando lloraba, ni siquiera cuando se enfadaba. Esto era distinto. Esto sonaba a hueso roto—. Abril, es Capi. Ha tenido un accidente. Está en el hospital, el central, el de la avenida Reyes. Tienes que venir.
Las palabras llegaron sueltas, como piezas de un rompecabezas que mi cerebro se negaba a ensamblar. Accidente. Hospital. Capi.
—¿Qué clase de accidente? —pregunté, aunque una parte de mí ya sabía que la respuesta no…
