El Armario
El despertador suena a las seis y cuarenta, un pitido electrónico que Marcos silencia con la palma antes de que complete su segundo ciclo. No abre los ojos de inmediato. Se queda un instante bocarriba, mirando el techo donde la pintura blanca empieza a amarillear en una esquina, justo encima del póster descolorido de una banda que ya no escucha. La habitación huele a encierro, a ropa que lleva demasiados días sin lavar amontonada en una silla, a ese aire quieto de las casas donde nadie abre las ventanas por costumbre.
Se incorpora despacio. El colchón cruje bajo su peso, un quejido viejo que conoce de memoria. Afuera, la calle empieza a desperezarse: el motor de un coche que arranca, el ladrido lejano de un perro, los pasos apresurados de alguien que llega tarde a algún lugar. Son los únicos ruidos que llegan de verdad hasta su cuarto. Dentro de la casa, en cambio, todo parece amortiguado, como si las paredes hubieran aprendido a tragarse las voces antes de que lleguen a formarse.
Se pone de pie, camina hasta la ventana y la abre apenas una rendija. El frío de la mañana le muerde la piel de los brazos. Contempla un momento el jardín descuidado del vecino, la valla torcida, un…
