La Fotografía
El olor a café recién hecho se mezclaba con el del pan tostado en la cocina de los Fernández, una estancia luminosa de encimeras blancas y electrodomésticos relucientes que su padre había diseñado personalmente, como todo lo demás en aquella casa. Paco removía su taza de leche con cacao sin beberla, observando cómo los pequeños remolinos se formaban y desaparecían, hipnotizado por ese vaivén que al menos lograba distraerlo un instante del peso que sentía en el pecho.
—Las proporciones están mal en esta fachada —murmuró su padre, Ernesto, sin levantar la vista de los planos extendidos sobre la mesa. Llevaba puestas las gafas de media luna que usaba solo para el trabajo, y su ceño permanecía fruncido con esa concentración que parecía no abandonarlo nunca, ni siquiera a las siete y media de la mañana—. Si el cliente quiere ese balcón, tendremos que replantear toda la estructura del segundo piso.
Nadie le respondió. Era una costumbre en esa casa: su padre pensaba en voz alta, y el resto de la familia aprendía a distinguir cuándo esperaba una respuesta y cuándo simplemente necesitaba verbalizar sus cálculos mentales. Paco conocía bien esa diferencia. Llevaba dieciséis años…
