La Primera Chispa
El reloj de la cocina marca las siete y cuarto, y Daniel ya ha revisado la mesa tres veces. Las velas —seis en total, distribuidas entre el centro de la mesa y el alféizar de la ventana— proyectan un resplandor ámbar que tiembla con cada corriente de aire que se cuela por la rendija del balcón. Ajusta una de ellas, la endereza un milímetro hacia la izquierda, y después se queda mirando el conjunto con los brazos cruzados, como un pintor que no termina de decidir si su obra está acabada.
La música suena baja, apenas un murmullo de guitarra y voz rota que llena los silencios del piso sin invadirlos. Ha elegido la lista con cuidado, descartando canciones demasiado obvias, demasiado explícitas en su intención romántica. Quiere que la noche hable por sí sola, sin forzar nada, aunque sabe —se ríe de sí mismo al pensarlo— que lleva toda la semana planeando cada detalle como si se tratara de una operación militar.
Camina hasta la cocina y destapa la botella de vino tinto que compró esa misma mañana en la tienda de la esquina, aquella donde el dependiente le preguntó, con una sonrisa cómplice, si era una ocasión especial. Daniel no supo qué responder entonces. Ahora, mientras sirve un…