Las cajas que no desempaqué
El asiento trasero olía a cartón nuevo y a ambientador de vainilla, esa fragancia artificial que mi madre rociaba cada vez que estrenaba algo, como si pudiera cubrir con dulzura cualquier cosa que empezara mal. Yo llevaba las rodillas pegadas al pecho, los auriculares puestos aunque no sonara ninguna canción, solo para tener una excusa y no participar de la conversación que mi madre y Sam sostenían desde hacía veinte minutos sobre cortinas, sobre el color que le pondrían a la cocina, sobre si el jardín trasero sería lo bastante grande para el perro que jamás tuvimos y que, por algún motivo, seguían prometiéndose la una a la otra como si fuera una tradición familiar.
—Va a ser precioso, ya verás —decía mi madre, mirando por el retrovisor no a la carretera sino a mí, buscando en mi cara una reacción que yo no estaba dispuesta a regalarle todavía.
Sam giró el cuerpo desde el asiento del copiloto y me sonrió con esa sonrisa suya que parecía fabricada para sostener a toda la familia sobre los hombros, aunque solo tuviera diecisiete años y cargara sus propios miedos debajo de la ropa, como todos.
—¿Estás bien, Meg?
Asentí. Fue lo único que hice, un movimiento seco de cabeza que…
