El Último Día Normal
El sol de las diez de la mañana caía sobre el parque con esa luz dorada y perezosa que solo tienen los días de primavera que todavía no deciden si quieren ser cálidos. Amanda empujaba el cochecito vacío —Izan hacía rato que se había bajado de él, reclamando sus piernas de cuatro años con la autoridad de un pequeño tirano— y sentía el peso tibio del café que llevaba en la otra mano, el único lujo que se permitía antes de las primeras dos horas de persecución infantil.
—¡Amanda, mira! ¡Mira cómo corro!
El niño salió disparado hacia el área de juegos, con las zapatillas rojas golpeando el sendero de tierra compactada y los brazos abiertos como si fuera a despegar. Ella aceleró el paso sin prisa real; conocía ya la coreografía de esas mañanas, el ritual que se repetía desde hacía ocho meses, desde que había empezado a cuidar al hijo de los Herrera tres días por semana. Sabía que Izan correría hasta los columpios, treparía con torpeza al tobogán, y después, inevitablemente, encontraría algún bicho entre la hierba que exhibiría como si fuera un tesoro real.
Se sentó en el banco de siempre, el de pintura descascarada bajo el roble más viejo del parque, desde donde podía vigilar sin…
