El Peso de las Reliquias
El olor a aceite quemado y óxido viejo saturaba el aire del Mercado de los Huesos Rotos, ese laberinto de callejones bajo los cimientos de Aureth donde la ciudad arrojaba lo que ya no quería recordar. Kael llevaba tres horas encorvado sobre su banco de trabajo, un destornillador diminuto entre los dedos, tratando de convencer a un reloj de bolsillo del siglo pasado de que aún merecía latir. Las luces de neón zumbaban sobre su cabeza, proyectando manchas violetas y verdosas sobre las paredes de metal corrugado, y cada tanto una de ellas titilaba como si respirara con dificultad, igual que todo lo demás en aquel lugar.
Su puesto era apenas un hueco entre dos tenderetes más grandes: a la izquierda, un hombre gordo vendía piezas de motor recicladas de los transportes imperiales; a la derecha, una mujer sin edad definida ofrecía amuletos que juraba haber bendecido ella misma, aunque Kael sospechaba que los fabricaba con chatarra y saliva. Sobre su cabeza, clavado en una viga torcida, colgaba un cartel escrito a mano: *Reparaciones. Reliquias, relojes, mecanismos antiguos. No pregunto, no cuento.* Esa última frase le había traído más clientes que cualquier otra cosa.
Dejó el…
