El Peso de la Corona
La niebla se aferraba a las almenas del castillo de Valdoria como si también ella guardara luto. Un año había transcurrido desde que la reina Sofía exhalara su último suspiro en aquella misma alcoba donde ahora el silencio se había convertido en el único habitante permanente, y sin embargo el aire de piedra fría parecía no haber olvidado nada. Las campanas de la capilla tañeron seis veces, anunciando el amanecer a un reino que despertaba envuelto en una tristeza que ya nadie osaba nombrar en voz alta.
El príncipe Alejandro estaba de pie junto al ventanal de su cámara, con las manos entrelazadas a la espalda y la mirada perdida en los campos que se extendían más allá de los muros. Verdes y ondulantes, salpicados de amapolas tempranas, los prados de Valdoria se desperezaban bajo la luz tenue del alba, pero él no veía ninguna de sus bellezas. Sus ojos, de un castaño que alguna vez brillara con el ímpetu de la juventud, se habían convertido en dos pozos donde solo habitaban las sombras de lo que fue.
No dormía, o al menos no como los hombres duermen. Se tendía en el lecho cuando el agotamiento lo vencía, cerraba los párpados y esperaba que el sueño lo arrastrara lejos de sus…
