Lunes por la mañana
El lunes olía a café recalentado y a plástico nuevo, esa mezcla particular que solo existía entre las siete y las ocho de la mañana en las oficinas de Dunder & Asociados, cuando el edificio entero parecía todavía bostezar. Pam llegó a las siete y veinte, como siempre, con las llaves tintineando en su bolso y los tacones resonando contra el mármol falso del vestíbulo, un eco que conocía de memoria, que podría haber tarareado si alguien se lo hubiera pedido.
Encendió las luces del área de recepción con el mismo gesto mecánico de todos los días: primero el interruptor de la izquierda, luego el de la derecha, como si el orden importara, como si hubiera una ceremonia oculta en aquel ritual doméstico. Dejó el bolso en el cajón inferior de su escritorio, sacó el pequeño espejo que guardaba junto a los clips y se retocó el labial sin mirar demasiado su reflejo. Prefería no detenerse en sus propios ojos por las mañanas. Tenían la costumbre de decirle cosas que ella no quería escuchar todavía.
Acomodó los bolígrafos en el vaso de cerámica —azules a la izquierda, negros a la derecha—, alineó las carpetas de color beige que nadie más notaba y ajustó el ángulo del monitor exactamente tres…
