El primer día siempre se recuerda
El vestido azul marino se me pegaba a la espalda por el sudor, y yo llevaba diez minutos tratando de convencerme de que aquello era normal, que todas las aspirantes a un papel protagónico sentían ese temblor en las manos, esa sequedad repentina en la garganta que ninguna cantidad de agua parecía aliviar. La sala de espera del estudio olía a café recalentado y a perfume caro, una mezcla extraña que se me quedó grabada para siempre, como si el olfato hubiera decidido guardar ese recuerdo con más cuidado que cualquier otro sentido.
Habían pasado tres años desde entonces. Tres años enteros. Y sin embargo, esa tarde de la premiere, mientras los flashes me cegaban y una sonrisa falsa se me congelaba en el rostro, el recuerdo volvió con una nitidez que dolía, como si el pasado hubiera decidido colarse entre los disparos de las cámaras para recordarme todo lo que habíamos sido.
Aquel día del casting final, yo tenía diecinueve años y una carpeta con el guion tan arrugada que las esquinas se habían vuelto suaves de tanto pasar los dedos por ellas. Había leído la escena unas cuarenta veces, tal vez más, hasta que las palabras perdieron sentido y se convirtieron en simples sonidos que debía…
