El Primer Día del Roble
El sol apenas asomaba por encima de los tejados de Villa Rosales cuando Maddie abrió los ojos, y lo primero que vio, colgada del respaldo de su silla, fue la mochila nueva. La había terminado de pintar apenas dos noches atrás, con esa paciencia silenciosa que solo ella parecía tener: docenas de mariposas de colores desplegadas sobre la tela azul marino, algunas con las alas abiertas de par en par, otras a punto de emprender el vuelo. Había elegido cada tono con cuidado —violeta para las alas, dorado para las motas, un verde casi turquesa para las antenas— porque quería que aquella mochila dijera algo de ella antes de que ella misma pudiera decir una sola palabra.
Se quedó mirando el techo un momento más, escuchando el canto lejano de un gallo y el crujido de las tablas de madera bajo los pasos de su madre en la cocina. Hoy empezaba el año escolar. Hoy, se prometió, sería diferente.
Pero apenas se incorporó, sintió que el estómago se le apretaba como un puño.
—¿Ya estás despierta, mi cielo? —La voz de su madre llegó desde el pasillo, cálida y un poco ronca todavía por el sueño.
—Sí, mamá —respondió Maddie, aunque la palabra le salió más baja de lo que pretendía.
Se levantó…
