El amanecer que no lo mató
La piedra de la antigua escuela todavía guardaba, en sus junturas, el olor a tiza y a madera barnizada de los pupitres que ya no estaban. Alguien los había retirado semanas atrás, cuando el edificio dejó de enseñar las primeras letras a los niños del pueblo para convertirse en lo que ahora era: un depósito de hombres condenados, una antesala sin nombre oficial pero que todos, en voz baja, llamaban ya "la celda".
Emilio Zabaleta estaba sentado con la espalda apoyada contra el muro, las rodillas recogidas contra el pecho, y sentía el frío subir desde el suelo de piedra como si la tierra misma quisiera reclamarlo antes de tiempo. A su lado, don Casimiro, el maestro, rezaba en un murmullo tan bajo que apenas se distinguían las palabras, aunque Emilio reconocía el ritmo de un padrenuestro repetido una y otra vez, como quien intenta convencerse de algo que ya no cree del todo.
—Deberíais dormir un poco —dijo el maestro sin abrir los ojos—. Aunque sea un rato.
Nadie le respondió. ¿Quién podía dormir sabiendo lo que probablemente traería el amanecer? La ventana, alta y estrecha, dejaba pasar apenas una franja de cielo todavía negro, sin estrellas, cubierto por nubes bajas que…
