Cuchillazos en el Hielo
El despertador sonó a las cinco menos cuarto, pero yo ya llevaba diez minutos despierta, mirando el techo de mi habitación con esa mezcla de determinación y náusea que conocía tan bien. Me levanté antes de que la alarma terminara su primer compás, la apagué de un manotazo, y empecé el ritual que repetía desde que tenía memoria: leggings térmicos, dos capas de calcetines, la sudadera gris que había sido de mi madre y que ya olía más a mí que a ella. Até los cordones de mis patines con nudos dobles, como siempre, y salí de casa cuando la calle todavía dormía bajo un cielo color pizarra.
El Ice Palace quedaba a quince minutos caminando, y esos quince minutos eran sagrados. Los usaba para visualizar mi rutina, para repasar mentalmente cada elemento: el axel triple al inicio, la secuencia de pasos que cruzaba el hielo en diagonal, la combinación de saltos que cerraba el programa y que aún no me salía limpia ni en sueños. Faltaban cuarenta y dos días para la clasificación regional. Los contaba cada mañana, como quien cuenta los latidos de un corazón que podría fallar en cualquier momento.
Saludé a Marge, la mujer que llevaba el mostrador desde antes de que yo naciera, con un gesto de…
