Las Cenizas de Corvin
El martillo caía una y otra vez sobre el metal candente, y cada golpe resonaba como un pequeño trueno atrapado entre las paredes de la fragua. Eldrin sentía el calor subirle por los brazos, empapándole la camisa de sudor, mientras el hierro iba cediendo, curvándose bajo su voluntad hasta convertirse en algo parecido a una hoja. Afuera, el cielo de Corvin tenía ese color ceniciento que ya nadie recordaba distinto: una mezcla de bruma matutina y el humo lejano que las chimeneas de Vulkan vomitaban desde hacía meses, más allá de las colinas del norte.
—Otra vez estás golpeando con el corazón y no con la muñeca —dijo Ordan desde el rincón, sin levantar la vista del cuero que remendaba—. Vas a quebrarte el brazo antes de quebrar el acero.
—El acero no se queja —respondió Eldrin, sin dejar de trabajar—. Yo tampoco lo haré.
El viejo herrero soltó una risa breve, ronca, como el crujido de una puerta vieja. Tenía las manos deformadas por cuarenta años de fuego y golpes, los dedos curvados como raíces, pero aún se movían con una precisión que Eldrin admiraba en silencio. Ordan lo había recogido de niño, medio muerto de frío en los límites del bosque de Ashen, sin memoria de su origen ni…
