La puerta abierta
El despertador no llegó a sonar aquella mañana. Fue el sol, filtrándose entre las rendijas de la persiana vieja, el que despertó a Jeff con una franja de luz anaranjada que le cruzaba la cara como una cicatriz cálida. Parpadeó, desorientado, y por un instante no supo si era sábado o un día cualquiera de escuela. Después recordó: martes. Un martes más, idéntico a tantos otros que ya se habían desdibujado en su memoria como fotografías dejadas al sol.
Su cuarto parecía un refugio construido a base de obsesiones pasajeras. En una pared colgaban pósters de lobos aullando bajo lunas imposibles; en otra, dibujos propios —algunos a lápiz, otros con acuarela corrida— de perros, aves, caballos y, sobre todo, gatos. Gatos durmiendo, gatos saltando, gatos con los ojos cerrados como si guardaran secretos. Encima del escritorio, entre libretas y lápices de colores mordisqueados, descansaba un retrato a medio terminar: una gata anaranjada con los ojos verdes, trazados con un cuidado que delataba cariño verdadero. Era Flor, por supuesto. Siempre era Flor.
Jeff se desperezó, sintiendo el crujido de sus huesos de trece años, y se sentó en el borde de la cama mirando el desorden que lo rodeaba…
