El Contrato de Hielo
La lluvia golpeaba los cristales de la mansión Conti con una insistencia que parecía burlarse de la ruina que se escondía tras sus muros. Alessia se detuvo en el umbral del despacho de su padre, con la mano suspendida sobre la puerta entreabierta, y percibió de inmediato que algo terrible flotaba en el aire, denso como el humo de las velas casi consumidas que iluminaban la estancia.
Lorenzo Conti estaba sentado tras su escritorio de caoba, aquel mueble que había pertenecido a su abuelo y que, como todo lo demás en la casa, conservaba apenas la fachada de una grandeza desvanecida. Tenía la cabeza entre las manos y los hombros encorvados, como si cargara sobre ellos el peso de generaciones enteras. Los papeles se amontonaban frente a él, algunos arrugados, otros manchados de tinta donde la pluma había temblado demasiado al firmar.
—¿Padre? —La voz de Alessia sonó más frágil de lo que hubiera querido.
Lorenzo alzó el rostro, y ella sintió que el corazón se le encogía. Los ojos de su padre, siempre firmes y llenos de una calidez que la había acompañado desde la infancia, estaban enrojecidos y hundidos, rodeados de sombras que delataban noches enteras sin descanso. Parecía haber…
