El Primer Día
El desván de la casa de sus padres olía a madera vieja y a tiempo detenido. Ana subió la escalera plegable con cuidado, sintiendo cómo crujía cada peldaño bajo sus pies, como si protestara por el peso de tantos años acumulados allí arriba. Había prometido a su madre que ordenaría aquel caos de cajas y muebles arrinconados antes de que llegara el fin de semana, cuando sus padres por fin se mudarían al piso nuevo, más pequeño, más manejable para dos personas que ya rondaban los setenta.
—Ten cuidado con el polvo, que te vas a poner perdida —le había advertido su madre desde abajo, sin atreverse a subir ella misma por las rodillas que ya no respondían como antes.
Ana encendió la bombilla desnuda que colgaba del techo inclinado y contempló el panorama: muebles cubiertos con sábanas descoloridas, cajas de cartón reblandecidas por la humedad, un armario con la puerta torcida que llevaba allí desde que ella tenía memoria. Treinta y dos años. Treinta y dos años viviendo en aquella casa antes de mudarse a la ciudad, y ahora, de pronto, todo aquel universo de infancia se reducía a un montón de trastos que había que clasificar entre lo que se quedaba y lo que se tiraba.
Se arremangó el…
