El laboratorio de la torre
El laboratorio olía a metal caliente y a café frío, una combinación que había aprendido a querer sin darme cuenta. A las siete de la mañana, cuando la mayoría de los empleados de Stark Industries todavía luchaba contra el tráfico de Manhattan, yo ya estaba ahí, sentada frente a mi estación de trabajo en el subnivel tres, revisando calibraciones que nadie más se molestaba en mirar dos veces.
Mi nombre es Evelyn Bailey, y durante los primeros ocho meses en la torre fui, esencialmente, invisible.
No lo digo con amargura. Lo digo como quien constata un hecho meteorológico: llueve, hace frío, Evelyn Bailey pasa desapercibida. Era parte del clima de mi vida, algo con lo que había aprendido a convivir desde que tenía diez años y entendí que las personas podían desaparecer sin avisar, sin dejar una nota, sin siquiera la cortesía de un adiós.
Aquella mañana en particular, tenía frente a mí siete arcos reactores de prueba, cada uno conectado a un panel de diagnóstico que parpadeaba con números verdes. Mi trabajo consistía en verificar que las lecturas de flujo energético se mantuvieran dentro del margen aceptable, anotar cualquier anomalía y reportarla a mi supervisor directo, un hombre…
