La Ciudad que Nunca Duerme
El autobús soltó un suspiro mecánico al detenerse, como si él también estuviera exhausto del viaje. Las puertas se abrieron con un chirrido metálico y Emma bajó los tres escalones sujetando su maleta con ambas manos, la guitarra golpeándole suavemente la espalda con cada paso. Llevaba dieciocho horas de camino, dos trasbordos y un sándwich reseco que había comprado en alguna terminal olvidada de Ohio. Nada de eso importaba ya. Frente a ella se extendía la ciudad, enorme y despiadada, brillando como si nunca hubiera conocido la oscuridad.
Se quedó paralizada un instante, tragada por el bullicio. Los cláxones se entrelazaban con fragmentos de música que escapaban de las tiendas, con voces en idiomas que no reconocía, con el aroma a especias, humo de parrilla y asfalto caliente. Un vendedor ambulante gritaba precios de castañas asadas a su izquierda; una mujer discutía por teléfono en italiano a su derecha; arriba, los letreros de neón parpadeaban anuncios de teatros, bares y espectáculos que prometían magia por unas cuantas monedas. Todo vibraba. Todo respiraba con una energía que Emma jamás había sentido en su pequeño pueblo, donde las noches terminaban a las nueve y el silencio…
