La chica perfecta
El espejo de mi habitación tenía un marco dorado que mi madre había encargado a un anticuario de Charleston, y a veces pensaba que ese marco valía más que cualquier verdad que pudiera reflejarse dentro de él. Me miré durante un largo minuto, quieta, con las manos apoyadas en el tocador, y estudié a la chica que me devolvía la mirada como si fuera una desconocida a la que debía juzgar antes de dejarla salir de casa.
El vestido era azul marino, de un corte que mi madre había elegido "porque estiliza y no es vulgar", palabras suyas, dichas con esa sonrisa suave que usaba para dar órdenes disfrazadas de sugerencias. Me lo había probado tres veces esa tarde. La primera, me quedaba perfecto. La segunda, también. La tercera vez me lo probé solo para tener una excusa de quedarme encerrada un rato más, lejos del ruido de la casa, de las voces de los empleados preparando las bandejas de canapés, del taconeo de mi madre repartiendo instrucciones como si organizara una boda real y no una fiesta de playa.
—Madison, cariño, ¿ya estás lista? —La voz de mi madre subió por la escalera antes de que ella misma apareciera en el umbral, con un vestido color champán y los labios pintados de un rojo…
