El Ojo que Nunca Duerme
El desierto de Nevada no tenía nada que ver con el desierto que el capitán Andrés Gómez observaba en su pantalla principal. Aquí, en las afueras de Indian Springs, la noche caía sobre un paisaje de arena pálida y matorrales resecos, con las luces de Las Vegas titilando a lo lejos como una promesa vacía. Allá, a más de doce mil kilómetros, el sol apenas comenzaba a ponerse sobre una provincia cuyo nombre la mayoría de los estadounidenses no sabría pronunciar, tiñendo de ocre las montañas que rodeaban un valle salpicado de aldeas de adobe.
Gómez llevaba once minutos sentado en la misma silla ergonómica, ajustando el volumen de sus auriculares mientras el zumbido constante de los servidores llenaba el contenedor prefabricado que servía de centro de control. El aire acondicionado mantenía la sala a una temperatura de dieciocho grados, un frío artificial que contrastaba con el calor que imaginaba sofocante en aquella provincia distante. No era casualidad: los equipos electrónicos necesitaban ese clima controlado para no fallar, para no recalentarse en plena misión. La comodidad humana quedaba en segundo plano.
—Sensor infrarrojo activo —anunció el sargento Mendoza desde la estación…
