La Tormenta Bajo la Piel
El asfalto de la Gran Vía ya no era asfalto. Era un mosaico de placas negras levantadas como costras, atravesadas por raíces del grosor de un torso humano que habían decidido, hacía cinco años, que aquella avenida les pertenecía. Ágata caminaba sobre ellas con la soltura de quien ha aprendido a leer un terreno hostil, saltando de raíz en raíz mientras el sol de la tarde se filtraba entre las copas de los árboles que antes fueron farolas y ahora eran columnas devoradas por la enredadera fosforescente que los alienígenas dejaron atrás, esa que brillaba débilmente al anochecer como si todavía recordara una luz distinta.
—Vas a matarte un día de estos —dijo Nora detrás de ella, con la voz llena de ese sarcasmo cansado que usaba para todo—. Y entonces tendré que cargar yo sola con la chatarra.
—Tú no cargas nada. Tú desapareces cuando pesa —contestó Ágata sin girarse.
—Es una habilidad, no una excusa.
—Es las dos cosas.
Bruno soltó una risa breve, gutural, y ajustó el peso del saco que llevaba al hombro como si dentro llevara plumas y no dos generadores de plasma desmontados, media docena de placas base y un fragmento de blindaje que aún desprendía un calor residual extraño, casi…
