El Regreso
La carretera se estrechaba a medida que ascendía, como si la montaña quisiera advertirle que aún estaba a tiempo de retroceder. Raúl Medina apretó el volante con las dos manos, sintiendo en los nudillos esa punzada familiar que últimamente lo acompañaba a todas horas, recuerdo constante de que su cuerpo se había convertido en un reloj de arena del que ya conocía la fecha de vaciado. Los médicos le habían dado, en el mejor de los casos, ocho meses. Él prefería no contar los días; contar solo le recordaba cuánto le faltaba por decir y cuán poco tiempo le quedaba para decirlo.
Los pinos se apretaban a ambos lados del camino, oscuros y altísimos, filtrando los últimos rayos de un sol que se hundía detrás de las cumbres con la lentitud de quien no tiene prisa por llegar a ninguna parte. Raúl bajó la ventanilla y dejó que el aire frío le golpeara el rostro, cargado de un olor a resina y tierra húmeda que reconoció de inmediato, como si los años transcurridos no hubieran servido para borrar nada. Diecisiete años. Diecisiete años desde que había cruzado esa misma carretera en dirección contraria, con la ropa manchada de miedo y una mentira tan grande que había terminado por convertirse…
