Cajas sin abrir
La camioneta se detiene con un chirrido seco de frenos, y ese sonido me atraviesa el pecho como una aguja. Cuento hasta cinco antes de tocar la manija de la puerta. Es un truco que aprendí hace tiempo: contar, respirar, contar otra vez. Si consigo llegar a cinco sin que se me acelere el corazón, puedo bajar. Si no, espero.
Hoy llego a cinco, pero el corazón se me acelera igual.
—¿Lista? —pregunta Sam desde el asiento del conductor, sin mirarme todavía, como si supiera que necesito ese segundo extra de intimidad antes de que alguien más me observe.
—Sí —miento, y ella sonríe como si no se diera cuenta, aunque sé que sí se da cuenta. Siempre se da cuenta.
Abro la puerta y el aire de octubre me recibe con ese olor a hojas mojadas y césped recién cortado que tienen todos los vecindarios que parecen sacados de un catálogo. La casa nueva es blanca, con ventanas azules y un porche pequeño donde alguien ha dejado dos macetas vacías, como si esperaran que llegáramos nosotros para llenarlas de algo vivo. Es bonita. Es la clase de casa que en otra vida —en otra versión de mí— me habría hecho ilusión.
Pero yo ya no soy de las que se ilusionan tan rápido.
Miro hacia la calle, primero…
