El Peso de las Manos Ajenas
El auditorio olía a café frío y a tiza, una mezcla que Valeria había aprendido a asociar con las mañanas de los martes y jueves, cuando el doctor Vargas ocupaba el estrado con su andar pausado y su voz de metrónomo. Trescientos alumnos llenaban las gradas de butacas rojas, pero ella siempre buscaba un asiento en los extremos, cerca de la salida, como si el cuerpo supiera algo que la mente todavía se negaba a aceptar del todo.
Aquella mañana la luz entraba oblicua por los ventanales altos, cortando el aire en franjas doradas donde flotaba el polvo. Valeria apoyó el cuaderno sobre las rodillas y trató de concentrarse en la pizarra, donde el profesor había dibujado un diagrama tosco del córtex somatosensorial, con flechas que señalaban las vías de la percepción.
—La conciencia —decía Vargas, paseando entre el atril y la primera fila con las manos cruzadas a la espalda— no es más que la interpretación que el cerebro hace de estímulos fragmentados. Vemos colores que no existen fuera de nuestra retina. Sentimos texturas que son, en realidad, descargas eléctricas interpretadas por la corteza. Todo lo que llamamos realidad es, en el fondo, una traducción.
Su voz tenía ese timbre seco y…
