La Corona que Nadie me Ofrece
El Salón de los Espejos recibía la luz de la tarde como si la hubiera ro
—Quieta, alteza, por el amor de los cielos —susurró Mirela, la más vieja de sus damas, con la boca llena de alfileres—. Si se mueve así, voy a coserle el brazo al corpiño.
—Cósemelo entonces —respondió Doriett sin mirarla—. Así al menos tendría una excusa para no aplaudir cuando me exhiban como una yegua premiada.
Mirela no contestó. Llevaba dieciséis años sirviendo a la casa real y había aprendido que ciertas frases de la princesa se perdían mejor en el silencio que en la réplica. Detrás de ella, dos damas más jóvenes —Sivana y Aurette, hijas de barones menores que habían pagado favores para colocarlas cerca del trono— cuchicheaban mientras ajustaban los pliegues de la falda.
—Dicen que el príncipe de Vaelmoor ya viene de camino —murmuró Sivana, con los ojos brillantes de quien reparte un secreto como si fuera una joya—. Que trae regalos para tres semanas de festejos.
—Yo oí que también vendrá el segundo hijo del duque de Corvenna —añadió Aurette—. Es feo como un sapo, pero heredará medio ducado si su hermano muere sin descendencia.
—Qué consuelo —dijo Doriett, seca—. Casarme con un sapo con suerte.…
