El Primer Día del Resto de mi Existencia Dramática
El espejo de mi cuarto tiene una mancha en la esquina inferior izquierda, justo donde debería reflejarse mi cadera derecha, y por eso —solo por eso, me digo a mí misma con la solemnidad de quien defiende una tesis doctoral— no puedo saber con certeza si la falda me queda bien o si parezco un tamal ambulante. Son las siete y cuarto de la mañana. Faltan cuarenta y cinco minutos para que empiece oficialmente el resto de mi existencia dramática, y yo sigo aquí, parada como una estatua griega venida a menos, sosteniendo dos blusas que a esta hora ya odio por igual.
—¡Samy! ¡Se te va a hacer tarde el primer día, y eso sí que sería un mensaje kármico horrible! —grita mi madre desde la cocina, con esa voz que solo usa para anunciar catástrofes menores, como que se acabó el pan o que alguien dejó la puerta del refrigerador abierta.
—¡Ya voy! —miento, porque en realidad acabo de decidir que la blusa azul me hace ver como si estuviera disfrazada de cielo despejado, y eso, evidentemente, no transmite el mensaje correcto para un primer día de clases. Necesito algo que diga "soy interesante pero accesible", "tengo personalidad pero no busco pelea", "podría ser tu amiga pero también podría ser…
