El camino al río
El asfalto se desenrollaba frente a nosotros como una cinta gris que nunca terminaba, y yo llevaba casi dos horas con la frente apoyada contra el cristal de la ventanilla, viendo pasar los postes de luz, las vacas dormidas en los prados y los carteles descoloridos que anunciaban pueblos de los que jamás había oído hablar. Mamá no había dejado de hablar desde que salimos de casa.
—Recuerda que el termostato de la cocina es viejo, así que si ves que la luz roja parpadea, apágalo cinco minutos y vuelve a encenderlo. Y no uses la ducha de arriba, tiene una fuga que tu abuela nunca arregló. Y por favor, Olivia, dime que anotaste el número del veterinario del pueblo, porque si algo le pasa a ese gato callejero que seguro vas a adoptar en la primera semana...
—Mamá, no voy a adoptar ningún gato.
—Eso mismo dijiste sobre el hámster de cuarto grado.
Papá soltó una risa breve, casi involuntaria, sin apartar la vista de la carretera. Llevaba las manos firmes sobre el volante, en la posición de las diez y diez que él mismo me había enseñado cuando practicábamos en el estacionamiento vacío del supermercado, hacía apenas un año. Desde entonces habían cambiado tantas cosas que me costaba…
