El expreso de Hogwarts
El vapor se enroscaba entre las columnas de hierro forjado como si el propio andén respirara, y aquel olor tan particular —carbón caliente, ozono y algo indefinible que solo existía en ese lugar— me golpeó el rostro apenas crucé la barrera. Nunca dejaba de sorprenderme la manera en que el mundo cambiaba al otro lado del muro entre los andenes nueve y diez: de la mundanidad gris de King's Cross a ese caos bullicioso de lechuzas ululando, gatos maullando dentro de sus cestas y voces que se atropellaban unas a otras bajo la bóveda de cristal ennegrecido por el hollín de un siglo.
—Cuidado con el baúl, cariño —dijo mi madre, sujetándome del brazo mientras yo maniobraba el carrito entre la multitud—. La última vez casi le rompes el pie a aquel pobre hombre.
—Eso fue hace tres años, mamá.
—Y aun así lo recuerdo perfectamente.
Sonreí, aunque el gesto se me quedó a medio camino, porque mis ojos ya habían empezado a buscar entre la marea de capas negras y sombreros puntiagudos una figura que sabía, con una certeza dolorosa, que no iba a encontrar. Cedric no estaba allí. Por primera vez en cinco años, no vendría corriendo entre la gente con esa sonrisa que desarmaba a cualquiera, no me…
