La Carta de Cuero Viejo
El sol se hunde despacio detrás de los acantilados, y el pueblo de Puerto Viejo se tiñe de ese color naranja quemado que solo existe en los atardeceres de invierno. Luca respira el aire salado, cargado de algas y de humedad, mientras se coloca frente al muro descascarado del granero de su tío. Ahí, sobre la piedra gris, hay tres círculos pintados con tiza blanca: uno arriba, a la altura de su cabeza, y dos más abajo, marcando las esquinas imaginarias de una portería que solo existe en su cabeza y en la insistencia de sus manos.
Se ajusta el guante. Es viejo, demasiado grande todavía para sus doce años, con la piel agrietada en los nudillos y un olor a cuero curtido que nunca desaparece por más que llueva o pase el tiempo. En el interior, cosidas con hilo desteñido, hay unas iniciales: J.R. Julián Rivera. Su padre.
—Vamos, una más —murmura para sí mismo, y lanza la pelota contra el muro con el pie derecho.
La pelota rebota, gira, busca el círculo más alejado con una trayectoria traicionera. Luca se lanza. El cuerpo entero se estira en el aire, el guante golpea el cuero justo antes de que toque la piedra, y cae sobre la arena mojada con un gruñido de dolor y satisfacción…
