El Balón que Brillaba en la Oscuridad
La araña tejía su hilo justo encima de la cabeza de Harry, y él la observaba con una atención que no dedicaba a casi ninguna otra cosa en el número 4 de Privet Drive. Llevaba tres días construyendo aquella tela, imperturbable, ajena a los golpes que resonaban en el techo cada vez que Dudley bajaba las escaleras con la delicadeza de un hipogrifo enfurecido. La alacena entera temblaba entonces, y el polvo caía sobre el catre estrecho donde Harry dormía desde que tenía memoria.
Once años tenía ya, y en esos once años jamás había conocido una habitación con ventana propia, ni una cama que no oliera a humedad y a la vieja aspiradora que los Dursley guardaban a su lado. Se había acostumbrado a los espacios reducidos, a medir sus movimientos, a encoger el cuerpo largo y desgarbado en la oscuridad de aquel hueco bajo la escalera. Lo que nunca logró acostumbrar fue el corazón, que seguía latiendo con una especie de hambre que él mismo no sabía nombrar.
—¡Arriba! —La voz de tía Petunia atravesó la madera de la puerta como un cuchillo oxidado—. ¡Ya es hora, niño! ¡Muévete!
Harry abrió los ojos y se topó de nuevo con la telaraña, ahora bañada por la luz mortecina que se filtraba por la…
