El Ángel sin Nombre en los Labios
No existe el arriba ni el abajo en la dimensión donde Zariel espera. No existe, en rigor, ninguna dirección: solo una claridad tan absoluta que borra los contornos, un blanco que no es color sino ausencia de todas las preguntas. El silencio aquí no se rompe; se administra. Y en ese silencio administrado, Zariel permanece inmóvil, con las alas replegadas contra la espalda como dos volúmenes cerrados que nadie ha pedido leer.
Frente a él, la luz se condensa hasta adoptar una forma. No es un cuerpo, todavía no, sino la sugerencia de uno: hombros que se insinúan, un rostro que se ordena a partir de líneas de resplandor, unos ojos que parecen hechos de un fuego frío. Seraphina. La arcángel no necesita anunciarse; su sola presencia reorganiza el espacio, como si la nada misma se pusiera en pie ante ella.
—Zariel —dice, y su voz suena a la vez cercana y remota, como si viniera de todos los puntos a la vez—. El Concilio ha decidido tu destino.
—Escucho —responde él. No hay curiosidad en su tono, ni temor, ni siquiera la cortesía fingida que otros ángeles emplean ante sus superiores. Solo una llaneza absoluta, la de quien pregunta la hora sin que le importe la respuesta.
Seraphina…

