El Cachorro de Ojos Dorados
La lección de aquella tarde versaba sobre las líneas dinásticas de los siete reinos, y Selene llevaba media hora contando las vetas de la madera de su pupitre en lugar de memorizar nombres de reyes muertos.
—Princesa, ¿podría repetirme el nombre del tercer monarca de la Casa de Aurelian? —preguntó la institutriz, una mujer delgada de nariz aguileña llamada Madame Yvaine, cuya voz tenía la textura de una regla golpeando los nudillos aunque jamás hubiera alzado la mano contra nadie.
Selene levantó la vista, y sus ojos color avellana brillaron con una chispa de travesura que no auguraba nada bueno.
—El que se casó con la sirena, ¿no? —respondió, aunque sabía perfectamente que la pregunta se refería a otra cosa.
—Eso fue el quinto monarca, alteza. Y la genealogía correcta requiere atención, no adivinanzas.
La niña suspiró y volvió a mirar hacia la ventana, donde el cristal emplomado distorsionaba el paisaje en formas onduladas de verde y gris. Más allá de los jardines de palacio, más allá del muro de piedra cubierto de enredaderas centenarias, se extendía el Bosque Encantado como una mancha oscura y viva que respiraba con voluntad propia. Desde muy pequeña, Selene sentía que…

