El Sello Roto
La lluvia no había cesado en tres semanas, y los campos de Valdeor se habían convertido en un lodazal donde nada crecía. Los graneros, antes rebosantes tras la cosecha del otoño, mostraban ahora sus vigas desnudas como costillas de un animal famélico. Fue por eso que Tobías, un joven minero de apenas veintidós años, reunió a cinco hombres del pueblo una madrugada gris y les habló de la cueva.
—Mi abuelo decía que allí dentro hay vetas de piedra lunar —susurró, con la antorcha temblando en su mano callosa—. Suficiente para comprar grano de tres pueblos enteros. Pero también decía que nadie debía entrar.
—¿Por qué? —preguntó Rurik, el herrero, un hombre corpulento cuyas manos olían siempre a hierro caliente.
—Porque hay una leyenda. Algo sobre un sello, sobre un mal antiguo que duerme bajo la montaña.
Los demás rieron, aunque con una risa hueca, forzada, la risa de quienes necesitan espantar el miedo con ruido. El hambre, sin embargo, pesaba más que cualquier superstición. Aquella misma tarde, con los estómagos vacíos y las esperanzas roídas, los seis hombres se adentraron por la boca oscura de la cueva prohibida, ubicada tras el risco que los ancianos del pueblo señalaban…
