La tormenta antes de la calma
El cielo llevaba toda la tarde amenazando, cargado de un gris denso que se tragaba poco a poco la luz del atardecer. Bella lo notó cuando salió de la casa de los Cameron, ese aroma metálico que precede a las tormentas grandes, el que se le mete a una en la nariz y le avisa que algo va a romperse antes de que ocurra.
No imaginó que sería ella.
—No puedes seguir haciéndome esto —dijo Rafe detrás de ella, con esa voz que empezaba baja y contenida y que Bella conocía demasiado bien, la voz que era el preludio de algo peor.
Se detuvo en la arena, descalza, con las sandalias colgando de los dedos de una mano. El viento le arrancó un mechón de la cara y se lo pegó a los labios. No se giró de inmediato. Necesitaba un segundo para armarse, para ponerse la máscara de calma que llevaba meses ensayando frente al espejo.
—No te estoy haciendo nada, Rafe. Me voy a casa.
—¿A casa? —Él soltó una risa seca, sin humor, el tipo de risa que usaba cuando quería hacerla sentir estúpida—. Claro, a *casa*. Con JJ, seguramente. Porque siempre es con él, ¿no? Siempre corriendo hacia el Chateau cuando las cosas no te convienen aquí.
Bella se giró entonces, y el primer relámpago de la noche iluminó la…




