El Número Once
Las gradas de cemento del campo municipal guardan el calor del día como si no quisieran soltarlo, y yo llevo ya media hora sentada sobre ellas, notando cómo ese calor se filtra a través de mis vaqueros mientras sostengo mi libreta contra las rodillas. Es una libreta pequeña, de tapas azules ya gastadas en las esquinas, con un elástico que la mantiene cerrada cuando no la uso. Por dentro, cada página está llena de columnas: nombres, fechas, sumas reducidas a un solo dígito, y anotaciones al margen que solo yo entiendo. Hoy le toca el turno a los números de las camisetas.
El equipo local calienta en el césped, trotando en fila, estirando los brazos, dándose golpecitos en la espalda unos a otros como quien se desea suerte sin necesidad de palabras. Desde aquí arriba puedo ver los dorsales con claridad: el 7, el 10, el 4... Los apunto uno por uno, con mi letra pequeña y apretada, y al lado de cada cifra escribo su reducción numerológica. El 10 se convierte en un 1, número de comienzos, de quien abre camino. El 7 se queda como está, porque el siete es sagrado, introspectivo, no necesita reducirse a nada más simple. Y entonces lo veo a él.
Dylan Turner lleva el 22.
No es la primera…




