El camino de tierra
El polvo se levantaba detrás del coche como una cortina dorada que se negaba a asentarse, y Joana observaba por la ventanilla cómo el paisaje se desdibujaba en remolinos ocres. Llevaban más de una hora recorriendo aquel camino de tierra que parecía no tener fin, flanqueado por campos de girasoles marchitos y olivos retorcidos que ella recordaba mucho más verdes en su memoria de niña.
—Ya casi llegamos —dijo su padre, sin apartar la vista del volante, como si necesitara concentrarse demasiado en una carretera que conocía de memoria.
Joana no respondió. Llevaba todo el trayecto en silencio, con los auriculares colgando del cuello porque su teléfono se había quedado sin señal desde hacía kilómetros, y con los brazos cruzados sobre el pecho en un gesto que no necesitaba traducción. Su padre la miró de reojo, buscando quizás una grieta en aquella coraza adolescente, pero ella mantuvo los ojos fijos en el horizonte, donde las montañas se recortaban contra un cielo que empezaba a teñirse de naranja.
—Podrías al menos fingir que te alegra ver a tus abuelos —insistió él, con ese tono que pretendía ser ligero pero que a Joana le sonó a reproche.
—Me alegra ver a mis abuelos —replicó,…




